Muchas veces nos aventuramos a pensar mal. Demasiadas veces
hacemos caso de nuestras ideas preconcebidas. Se nos cae el mundo encima con
una simple palabra del de enfrente. Somos trágicos por naturaleza. Nos puede la
negatividad. “Intrapolamos” la furia con los demás, a nosotros mismos.
Todo esto pasa y termina cuando, en unos minutos, llega la
otra persona y nos desmonta nuestra teoría al completo. Igual de rápido que la
construimos, llega ésta y la destruye. Los despotriques, paranoias y
suposiciones se esfuman, tan rápidamente, que nos cuesta recordarlos a pesar de
todas las fuerzas que empleamos en construirlas.
Lo que deberíamos hacer es cambiar nuestra filosofía de
vida. No deberíamos situarnos siempre en
lo peor. No compensa. No debemos hacerlo, aunque nada más sea por una mera
cuestión de ahorro. Que en crisis estamos todos, hasta los sentimientos.

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