viernes, 9 de diciembre de 2011

Un mes más, uno menos.

Cuatro meses han pasado ya desde que me convertí en universitaria y decidí llevar una vida a caballo entre León y Salamanca. Casi todo ha cambiado, tan rápido, que apenas me ha dado tiempo a pensar si para bien o para mal. Las tardes de domingo ya no sirven para recordar las peripecias del fin de semana, se han convertido en momentos duros, cargados de maletas e instantes amargos en lo que solo veo la luz cuando pienso en el jueves, en la rica comida de mamá, en la compañía de gente a la que quiero y, es entonces cuando las lágrimas llaman a mi puerta.
Cuando llego solo encuentro soledad, melancolía y un ciento de sensaciones más que no soy capaz de describir y que solo consigo apartarlas de mí cuando oigo una voz conocida al otro lado del teléfono. Una voz que intenta hacerme ver lo positivo de las cosas, aunque yo me niegue a admitirlas, que me haga reír, que me haga soñar, que me pare los pies cuando lo necesito, que me ayude a pensar, que me enseñe a querer,...
Me siento rara al ver que debo de ser una de las pocas personas a las que no les gusta su nueva vida, a la que no le gusta estudiar fuera de casa, fuera de ciudad, la que ha cumplido el sueño de cualquier adolescente y no se siente realizada por ello.

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